Ubuntu 26.10 o Ubuntu 26.04 LTS: cuál instalar y cuándo no actualizar

Sale una nueva versión de Ubuntu y aparece la misma duda: ¿actualizamos o seguimos con la que ya funciona? Ubuntu 26.10 está disponible, pero eso no convierte a Ubuntu 26.04 LTS en una versión vieja que tengamos que quitar del ordenador. Son dos opciones con ritmos de mantenimiento distintos, y esa diferencia pesa más que muchas novedades del escritorio.

Mi recomendación de partida es bastante sencilla. Para un ordenador de trabajo que queremos mantener durante años, elegiría 26.04 LTS. Para seguir de cerca los cambios de Ubuntu, con tiempo para actualizar y resolver alguna incompatibilidad, 26.10 puede tener sentido. Vamos a ver dónde cambia realmente la decisión, sin confundir tener paquetes más recientes con tener un sistema mejor para cualquier persona.

Logo de Ubuntu
Ubuntu es una marca de Canonical. El logo identifica el sistema del que hablamos.

La diferencia importante está en el soporte

Ubuntu 26.10 se publicó el 15 de octubre de 2026. Es una versión intermedia, con nueve meses de soporte, hasta julio de 2027. Esto significa que tendremos que dar otro salto de versión en un plazo relativamente corto. Las fechas están recogidas en las notas oficiales de Ubuntu 26.10.

Ubuntu 26.04 LTS pertenece a la rama de soporte prolongado. Canonical sitúa el final de su mantenimiento de seguridad estándar en mayo de 2031. Esa cobertura tiene un alcance definido por paquetes y repositorios. No significa que cualquier programa que instalemos desde cualquier sitio vaya a recibir cinco años de correcciones. Las modalidades adicionales de Ubuntu Pro son otra capa distinta, no algo que necesitemos contratar para utilizar la LTS normalmente.

Podemos comprobar la cobertura en el ciclo de versiones de Ubuntu. Tampoco conviene extender automáticamente estas fechas a todos los sabores. Kubuntu, Xubuntu y otros proyectos publican sus propias condiciones de soporte.

Una LTS sigue recibiendo actualizaciones. Lo que intenta evitar es cambiar continuamente la base del sistema por cada nueva versión de sus componentes. Si usamos el ordenador para trabajar, esa previsibilidad suele ser más útil que estrenar una opción del escritorio unas semanas antes.

Qué aporta Ubuntu 26.10 en la práctica

La versión intermedia incorpora una base de software más reciente, con GNOME 51 y cambios en la organización de ventanas, los ajustes y las aplicaciones del escritorio. Para quien utiliza varias pantallas o pasa el día colocando ventanas, estas mejoras pueden ser más interesantes que una lista de versiones de bibliotecas.

El punto es relacionar cada cambio con algo que hacemos. Si nuestro problema es colocar tres ventanas con proporciones diferentes, una mejora del mosaico puede resultarnos útil. Si abrimos el navegador, LibreOffice y una terminal y todo funciona, quizá no cambie gran cosa en nuestro día a día.

No daría por hecho una mejora de velocidad por instalar 26.10. El rendimiento depende del hardware, del controlador, del programa y de la tarea. Un cambio que beneficia a una tarjeta gráfica puede no aportar nada a otro equipo, e incluso dejar al descubierto una incompatibilidad. Para hablar de diferencias de rendimiento hacen falta pruebas comparables, no ordenar números de versión.

También separaría las aplicaciones del sistema completo. Necesitar una versión reciente de un editor de imágenes no obliga siempre a actualizar Ubuntu. Puede existir un paquete mantenido por el proyecto, un Flatpak o una AppImage. En la guía sobre Flatpak, Snap y AppImage vemos qué cambia en cada caso. Eso no resuelve cualquier dependencia, pero merece la pena mirarlo antes de cambiar toda la distribución por un solo programa.

Si el ordenador es nuevo, comprobar antes que adivinar

El hardware reciente es uno de los motivos más razonables para mirar una versión intermedia. Un kernel, un firmware o una pila gráfica más nuevos pueden incluir soporte que nuestra instalación anterior todavía no tiene. Pero no basta con que el portátil sea nuevo para concluir que necesita 26.10.

Antes de instalar, probaría las imágenes oficiales en modo de prueba, sin modificar las particiones. Podemos preparar el USB siguiendo la guía para descargar y verificar la ISO de Ubuntu. Es importante elegir la imagen de la arquitectura correcta, no una variante especializada sólo porque su nombre parezca más potente.

En esa sesión comprobaría la conexión inalámbrica, el sonido, el micrófono, la cámara, el brillo y la pantalla externa que utilizamos de verdad. En un portátil también interesa suspender y reanudar varias veces. Que aparezca el escritorio no demuestra que el equipo esté completamente resuelto.

La sesión de prueba tampoco reproduce todos los detalles de una instalación actualizada o de un controlador propietario. Sirve como primera comprobación. Si encontramos un fallo, conviene buscar el modelo exacto del dispositivo y el problema concreto, en lugar de instalar sucesivamente distribuciones esperando que alguna lo arregle por casualidad.

Ubuntu LTS dispone de rutas soportadas para actualizar componentes de hardware durante su vida útil. No siempre tendremos que abandonar la LTS para recibir mejoras. Antes de sustituir kernels manualmente, revisaría la documentación correspondiente a nuestra versión y los paquetes que ya recibe. Cambiar el kernel por uno descargado de cualquier sitio no equivale a seguir esa ruta de mantenimiento.

Si ya tenemos Ubuntu 26.04 LTS funcionando

En este caso la pregunta no es cuál es más nuevo, sino qué problema resolvería la actualización. Si la respuesta se queda en «para estar al día», mantendría la LTS con sus actualizaciones normales. Estar al día de seguridad no exige utilizar la última edición intermedia.

Hay motivos concretos para dar el salto. Podemos necesitar probar nuestro programa con las bibliotecas que llegarán a otros usuarios, verificar una integración con el escritorio nuevo o utilizar una corrección que todavía no esté disponible por otra vía adecuada. Son decisiones razonables si conocemos también su coste de mantenimiento.

Antes revisaría las extensiones de GNOME, las VPN de trabajo, los controladores y las herramientas que dependan de módulos del kernel. Una aplicación que arranca no sirve de mucho si después falla el acceso a la red que necesitamos para trabajar. Las extensiones merecen atención porque su compatibilidad está ligada a versiones de GNOME Shell, no sólo a la versión de Ubuntu.

No mezclaría la actualización con una limpieza agresiva o con cambios de repositorios que no entendemos. Cuantas más cosas cambiemos juntas, más difícil será averiguar qué rompió algo. Una copia comprobada y un listado de las aplicaciones importantes ayudan más que veinte comandos de «optimización».

Comprobar qué tenemos instalado

Si no recordamos la versión exacta, abrimos la terminal y ejecutamos:

cat /etc/os-release
uname -r

El primer comando identifica la distribución y su versión. El segundo muestra el kernel que estamos utilizando en ese arranque. No tienen por qué coincidir sus números, ni hace falta que lo hagan. También podemos consultar los detalles del sistema desde los ajustes del escritorio.

La elección de versión se hace antes del procedimiento de actualización. Si estamos en 24.04 y queremos pasar a la siguiente LTS, tenemos la guía de actualizar Ubuntu. No conviene saltarse la ruta admitida, cambiar los nombres de los repositorios a mano o utilizar opciones de desarrollo para obligar al sistema a ofrecer una versión.

Elegir la intermedia supone aceptar la siguiente actualización

El compromiso no termina al instalar 26.10. Como su soporte finaliza en julio de 2027, hay que planificar el siguiente salto antes de esa fecha. No tenemos que hacerlo el día de lanzamiento, pero tampoco dejarlo indefinidamente porque el ordenador siga arrancando.

Además, volver de una intermedia a una LTS anterior no es pulsar un botón de deshacer. Lo normal será preparar una instalación y restaurar nuestros datos. Por eso es buena idea separar las ganas de probar del sistema que necesitamos mañana. Un equipo secundario o una máquina virtual pueden ser suficientes para conocer el escritorio, aunque no sirvan para sacar conclusiones sobre el hardware del portátil principal.

Para un equipo compartido en casa, otro que administramos a distancia o un ordenador que no queremos revisar cada seis meses, la LTS me parece la elección más sensata. Para un entorno de pruebas o para alguien que quiere seguir el desarrollo del escritorio y acepta mantenerlo, la intermedia encaja mejor.

No hay una medalla por actualizar primero. Lo importante es que la versión elegida siga mantenida y nos deje hacer lo que necesitamos. Si Ubuntu 26.04 LTS ya cumple eso, podemos seguir utilizándolo tranquilamente.

Sergio Almela

Senior Software Engineer con más de diez años de experiencia. Escribo sobre Linux, software libre, backend, arquitectura, rendimiento, testing e IA aplicada al desarrollo.

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